viernes, 16 de septiembre de 2011

TEMA SILENCIADO EN MEDIOS DE COMUNICACIÓN

PRÁCTICAMENTE

Cinco presos políticos cubanos cumplen 13 años de cárcel en EE UU
Para la mayoría de los medios de comunicación, el caso de los Cinco cubanos presos en EE UU, no existe. No se habla de ellos. No se conoce. Y sin embargo esa injusticia cumplió ayer trece años.
EMILIO MARÍN
Esa omisión no es un problema informativo. Como son presos políticos cubanos detenidos en EE UU, el caso es ninguneado en los medios de comunicación. Si la situación fuera a la inversa, de presos estadounidenses en Cuba, la noticia estaría al tope de los noticieros con tal de hacerle la vida más áspera el gobierno socialista de la isla.
Ayer 12 de setiembre se cumplieron trece años de detención de Antonio Guerrero (Miami, 1958) Ingeniero en Construcción de Aeródromos, poeta; Fernando González (La Habana, 1963), graduado del Instituto de Relaciones Internacionales (ISRI) de Cuba; Gerardo Hernández (La Habana, 1965), graduado del ISRI, caricaturista; Ramón Labañino (La Habana, 1963), Licenciado en Economía en la Universidad de La Habana y René González (Chicago, 1956), piloto e instructor de vuelo.
En Cuba y el resto del mundo donde existen 300 Comités por la Libertad se los conoce como Antonio, Fernando, Gerardo, Ramón y René. Ellos son héroes de la República de Cuba, por haber arriesgado sus vidas para salvar a su patria y haber mantenido sus principios pese a las duras condiciones de cárcel.
Ellos soportaron 17 meses en el “hueco”, o sea las calabozos de castigo, incomunicados, justo en el período en que sus abogados más necesitaban la comunicación con ellos, para preparar su defensa en el amañado juicio que se llevó adelante en Miami.
Y allí fueron condenados, en total, a cuatro cadenas perpetuas y 77 años de prisión. Cualquier lector que eche un vistazo a esas severísimas condenas creerá que estos muchachos son unos asesinos seriales o consumados terroristas miembros de la banda de Osama Bin Laden. Que los deben haber tomado presos con toneladas de explosivos encima o con sus manos manchados de sangre norteamericana.
Nada que ver. Los cinco cubanos eran patriotas infiltrados en círculos terroristas cubano-americanos de Miami. Su tarea era monitorear las actividades de esos grupos violentos, financiados por la tristemente célebre Fundación Nacional Cubano Americana, que ponían bombas en los hoteles de La Habana. Luis Posada Carriles, el mismo que junto a Orlando Bosch había organizado el atentado contra el avión de Cubana sobre Barbados en octubre de 1976 (73 muertos), enviaba a La Habana a mercenarios salvadoreños para poner bombas en los hoteles. Así asesinaron en 1997 al italiano Fabio Di Celmo. Mataban dos pájaros de un tiro: moría gente inocente y de paso arruinaban el turismo a Cuba, que se había convertido en una fuente imprescindible de divisas, para sobrellevar el bloqueo de EE UU.
Muchas violaciones al derecho
La información recaba por esa red cubana llamada “Avispa” permitió desbaratar numerosos atentados. La mafia se encontraba en estado de furia total porque en febrero de 1996 la defensa de Cuba había abatido dos avionetas que reiteradamente violaron su espacio aéreo. Esas provocaciones eran ordenadas por José Basulto, cabecilla de “Hermanos al rescate”. En el derribo murieron los dos tripulantes de cada avioneta. Y en Miami clamaban por sangre cubana en son de venganza.
La documentación en poder de La Habana sobre las actividades terroristas organizadas desde territorio norteamericano, y que podían afectar las ya difíciles relaciones entre los dos países, fue entregada por Fidel Castro a Bill Clinton. Quien llevó las carpetas fue el amigo del primero, el novelista Gabriel García Márquez.
Pero Clinton, en vez de analizar la existencia de esos grupos criminales y desmantelarlos, usando la información recibida de su leal vecino, hizo todo lo contrario: puso el FBI a investigar a los cubanos hasta descubrir a los Cinco (en realidad hubo 14 detenidos).
El juicio se celebró en 2001 en Miami, por lo antedicho la peor sede para un proceso imparcial. La atmósfera estaba envenenada por la propaganda anticubana realizada por “Hermanos al Rescate” y la FNCA, pero también por el gobierno estadounidense. Recientemente se ha probado que en esos años el gobierno pagó 250.000 dólares a varios periodistas de Miami para que escribieran notas y comentarios adversos a los procesados. Querían desinformar y sensibilizar aún más a la opinión pública y al jurado, para asegurarse una durísima condena.
Y lo lograron, con abultadas penas a pesar de que en poder de los detenidos no se halló ni un documento, ni una computadora, ni un arma ni ninguna otra prueba que justificara el la tremenda imputación de “conspiración para cometer espionaje”.
A Gerardo Hernández le dieron la mayor condena porque también lo consideraron responsable de “conspiración para cometer asesinato”. Lo responsabilizaron falsamente de proveer la información para derribar el par de avionetas. Pero esta imputación se la ocultaron durante el juicio de modo que su abogado no pudo alegar sobre el punto. En rigor todas las defensas vieron limitadas enormemente su acceso a la documentación con que sus clientes eran acusados, debido a su caracterización como “secreto” o “confidencial”.
En junio de 2009, la Corte Suprema estadounidense no aceptó revisar el expediente y lo devolvió a la jueza Lenard, la misma que había actuado en forma tan parcial en el juicio. La magistrada sólo resentenció a dos de los muchachos, con levísimas rebajas, dejando todo el paquete ilegal bien atado. Sólo una firma del presidente Barack Obama podría indultarlos, bajo la figura de “clemencia ejecutiva” (léase indulto).
10 Nobel a 1
La parcialidad de la justicia norteamericana para juzgar militantes populares, sindicalistas y comunistas, es bien conocida. En 1887 mandó a la horca a los Mártires de Chicago por el horrible delito de reclamar las ocho horas de trabajo. En 1927 no tuvo clemencia con los anarquistas Sacco y Vanzetti, electrocutados. En los años del maccartismo, junio de 1953, el matrimonio de los comunistas Julius y Ethel Rosenberg fue sentado en la silla eléctrica, acusado de pasar secretos atómicos a la URSS.
En todos esos procesos judiciales se demostró, varios años más tarde, la influencia del Estado, la venalidad de los jueces y policías, los aprietes de la prensa, los testigos falsos, los jurados bajo presión, etc.
Esa tendencia antidemocrática continuó hasta nuestros días, con honrosas excepciones. La justicia yanqui, como tantas, es una justicia de clase, que juzga con la venda caída para ver la billetera o la pobreza del cliente. Por eso a un terrorista como Posada Carriles, autor confeso de la voladura del avión cubano con tantas víctimas, le hizo una parodia de juicio por violación de leyes migratorias, nada más. Está libre. Y a los Cinco los mandó de por vida a prisión, como antes lo había hecho con el periodista afro y ex Pantera Negra, Mumia Abu Jamal –en el corredor de la muerte desde 1983- y con el líder de los movimientos indígenas, Leonard Peltier, preso desde junio de 1975 acusado de haber matado a dos agentes del FBI en la Reserva de Pine Ridge en Dakota del Sur.
Por eso, cuando los Cinco Cubanos fueron juzgados y condenados, a nivel mundial se armó un movimiento muy amplio a favor de su liberación.
Eso fue favorecido por resoluciones de organismos internacionales como el Comité sobre Detenciones Arbitrarias de la ONU, que en 2005 se expidió por la libertad de los cubanos considerando que el juicio no había sido justo. “La comunicación con sus abogados, el acceso a la evidencia y, por consiguiente, las posibilidades de contar con una defensa adecuada se vieron debilitadas”, dijo ese Comité.
Poco a poco Cuba fue rompiendo en parte el cerco informativo. La documentación y hechos expuestos por los abogados de los Cinco (entre ellos el ya fallecido Leonard Weinglass, también defensor de Mumia), las familias de los Cinco, la cancillería y la Asamblea Nacional de Cuba, sus medios de comunicación (especialmente www.anterroristas.cu), influyeron para que la mayoría de las personas tomaran partido por la libertad de esos presos.
Ya en 2005 diez premios Nobel reclamaron a la Casa Blanca por esas libertades: Adolfo Pérez Esquivel (Argentina), Wole Soyinka (Nigeria), Zhores Alferov (Bielorrusia), Nadine Gordimer (Sudáfrica), Günter Grass (Alemania), Darío Fo (Italia), Mairead Maguirre (Irlanda), José Samarago (Portugal), José Ramos Horta (Timor) y Rigoberta Menchú (Guatemala).
Lamentablemente el Nobel 2009, Obama, no hizo caso a esas personalidades que tanto hicieron por la paz. El podría acortar un poco esa distancia firmando el indulto, pero por ahora prefiere firmar prórrogas del bloqueo a Cuba, la intervención militar en Libia y paquetes de rescates a los banqueros por la crisis.
Al cumplirse diez años del derribo de las Torres, Washington debería poder discernir lo que es terrorismo y lo que no. Todavía no lo hace, porque mantiene presos a cinco militantes contra el terrorismo. Vaya contradicción.
Apartes...
La documentación en poder de La Habana sobre las actividades terroristas organizadas desde territorio norteamericano, y que podían afectar las ya difíciles relaciones entre los dos países, fue entregada por Fidel Castro a Bill Clinton. Quien llevó las carpetas fue el amigo del primero, el novelista Gabriel García Márquez.
Los cinco cubanos eran patriotas infiltrados en círculos terroristas cubano-americanos de Miami. Su tarea era monitorear las actividades de esos grupos violentos, financiados por la tristemente célebre Fundación Nacional Cubano Americana, que ponían bombas en los hoteles de La Habana. Luis Posada Carriles, el mismo que junto a Orlando Bosch había organizado el atentado contra el avión de Cubana sobre Barbados en octubre de 1976 (73 muertos), enviaba a La Habana a mercenarios salvadoreños para poner bombas en los hoteles. Así asesinaron en 1997 al italiano Fabio Di Celmo.

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